El Escandalo Vulcano: El planeta que nunca exisitó

El Escandalo Vulcano: El planeta que nunca exisitó

El 26 de marzo de 1859 un médico francés del pueblo de Orgéres y por más señas astrónomo aficionado, de tantos que abundaba en aquel país y aquella época, llamado Lescarbault, estaba observando el sol a través de un pequeño telescopio. En un momento dado observó durante más de horas y cuarto algo que no debería estar allí: una mancha negra y redonda en la parte superior del disco solar que lo estaba cruzando. Lo miró, lo remiró, anotó su posición, hizo cálculos matemáticos sobre su masa y estuvo durante horas estudiando el movimiento de su órbita  (igual a 19 de nuestros días). Al final llega a la conclusión de que se trata de un planeta en tránsito, pero ¿cuál?

Todos los planetas conocidos ya estaban registrados. Él sabía, como cualquiera que hubiera estudiado los objetos que formaban parte de nuestro Sistema Solar, que Mercurio era el planeta más próximo al sol y el primero de los ocho que se conocían en aquella época (a Plutón aún le faltaban varios años para ser descubierto oficialmente en 1930).

Lescarbault estaba convencido de que aquella extraña mancha negra no podía ser otra cosa que algún planeta desconocido, eso sí, de muy pequeño tamaño (calculó su masa en un 1/17 de la masa de Mercurio), que de repente se había presentado ante sus ojos y que él había tenido la fortuna y el privilegio de ser el primero en verlo y catalogarlo. Un planeta que giraba en una órbita más al interior que la de Mercurio, por lo tanto había descubierto el planeta más próximo al Sol. Ya se estaba viendo en los periódicos científicos de Francia y su nombre grabado con letras de oro en la Academia de Astrónomos. Pero no las tenía todas consigo. Tenía que confirmar este extraordinario descubrimiento.

Aparece Leverrier

Un retrato decimonónico de Urbain Le Verrier. AUGUSTE BRY
Un retrato decimonónico de Urbain Le Verrier. AUGUSTE BRY

Escribió pacientemente todas sus observaciones realizadas durante días y al final de ese mismo año se las envió al astrónomo más prestigioso de su tiempo, a  Urbain Leverrier, el director del Observatorio de Paris, nada menos que el descubridor del planeta Neptuno en 1846, para que le diera su docta opinión sobre la veracidad de su descubrimiento.

Leverrier era uno de esos hombres geniales con el peor genio de toda Francia. Un tipo insoportable, caracterizado por su inestable personalidad que, al leer la carta de un humilde médico que se las daba de astrónomo donde le explicaba cómo en sus ratos libres decía haber descubierto un planeta, se enfureció bastante. ¿Un advenedizo realizando un descubrimiento de esta importancia? Imposible. Tenía que haber gato encerrado y de ser cierto se preguntaba porque tardó tantos meses en comunicárselo a él, que era el mejor astrónomo de Francia.

No quiso tirar la carta al fuego y se fue a la localidad de Orgéres con más escepticismo que entusiasmo para conocer de cerca a este médico llamado Lescarbault en la idea de desmontar un fraude de “dimensiones astronómicas”. Fue contestando una por una a todas las preguntas que le preguntó Leverrier en un tono poco amistoso. Comprobó que tenía un equipo de observación más que modesto y que sus cálculos matemáticos no eran los de un profesional, pero Leverrier no pudo descubrir fraude alguno. Había honradez y buen hacer en aquel metódico médico rural. Sin duda, había algo de verdad en aquellas observaciones y Leverrier se convenció que, a pesar de todo, tal vez el médico observó un nuevo planeta por casualidad. En otras palabras, que tuvo la suerte del principiante al dirigir su telescopio en el lugar correcto y en el momento adecuado. Aunque no lo pudo observar personalmente, Leverrier y otros colegas suyos ya sospechaban desde hacía algún tiempo que algo raro se movía en una órbita más cercana al Sol que la de Mercurio precisamente por las irregularidades observadas en la órbita de este planeta y que se podían deber a algún gran objeto o planeta que provocara esas extrañas perturbaciones. Así que el caldo de cultivo estaba servido. La hipótesis ya estaba formulada y encima había alguien que decía que había visto con sus propios ojos ese planeta que, a la postre, sería el causante de que la rotación de Mercurio  quedara perturbada mínimamente.

Leverrier confirmó que este médico podía haber descubierto el noveno planeta de nuestro Sistema Solar y se le denominó Vulcano por el tremendo calor que debía hacer en su superficie. Se presentó un detallado informe a la Academia de París en enero de 1860 y el doctor Lescarbault fue nominado para recibir la Legión de Honor, el mayor premio que otorga el gobierno francés. Recibió la cinta roja de manos del emperador Napoleón III. Mejor no podían ir las cosas.

Mientras, Leverrier calculó el momento en que Vulcano debía transitar nuevamente por la superficie del Sol y pidió a observadores de todo el mundo que estuvieran atentos a esos días. El nuevo planeta intramercuriano era muy pequeño y ya advertían que su observación sería muy difícil… y tanto que lo era, como que no se volvió a ver.

Llegó tan señalado día y ningún observatorio vio rastro de Vulcano. Las sospechas y las dudas empezaron a surgir. Allí no había ningún planeta, ni grande ni pequeño. Pronto empezaron a surgir críticas y se empezó a cuestionar que el médico francés realmente llegara a ver nada. No obstante, la mayoría de la comunidad científica estaba totalmente convencida de la existencia de Vulcano. Varios astrónomos aficionados afirmaron haberlo visto. Faltaba la prueba definitiva que no era otra que un observatorio astronómico lo observara con nitidez y marcara su posición sin ningún género de dudas. Y la sorpresa surgió de nuevo, pero no como esperaban…

Varios Vulcanos

Fueron dos importantes astrónomos norteamericanos los que dijeron haber visto en 1878 algo extraño en esa órbita, pero no a Vulcano. Y he aquí la sorpresa, ya que lo que ahora observan son tres pequeños objetos o cuerpos en la órbita solar, dentro de la de Mercurio. Ninguno de esos cuerpos pudo ser identificado como el planeta visto por Lescarbault.

Esta si que era buena. El desconcierto empezaba a ser mayúsculo. No aparece el pequeño planeta Vulcano, pero sí se observan otros tres objetos diferentes en esa posición y ninguno es el que se buscaba. A un misterio se le añaden tres más y todos ellos sin resolver. Uno de estos astrónomos, el profesor James C. Watson, de la Universidad de Michigan, con gran sentido del humor, bautizó a esta zona como la “Casa para Planetas Perdidos”. Este hombre no era ningún inexperto, en su haber está el descubrimiento, a lo largo de su carrera profesional, de unos 22 planetas menores o asteroides (sobre todo en la órbita entre Marte y Júpiter) y se aseguró muy mucho de que sus órbitas quedaran bien marcadas.

El tiempo pasaba y no había ninguna confirmación sobre la existencia de Vulcano. Sencillamente, se había desvanecido en el espacio, así que pasó de repente de ser ciencia a convertirse en ciencia ficción. Se dijo que lo que vio el médico fue una mancha solar que suelen tener tamaños irregulares y oscuros y que algunos observadores ingenuos pueden que nos sepan identificarlas correctamente. Eso era como llamar idiota a Lescarbault, pues cualquier astrónomo por muy aficionado que fuera sabía distinguir perfectamente una mancha solar, muy conocidas a mediados del siglo XIX, de cualquier otro fenómeno astronómico como era un objeto redondo transitando u orbitando en una órbita muy determinada y que era visible gracias al contraste lumínico que proporcionaba el disco solar.

Un astrónomo aficionado, Lewis Swift, aseguraba haber visto a Vulcano desde Pike’s Peak, en Colorado y un profeta norteamericano llamado Tyce dijo haberlo visto también, utilizándolo como parte de sus cálculos y profecías. Su opinión no se tuvo muy en cuenta.

Lescarbault no daba crédito a lo que estaba pasando. ¿Cómo se podía esfumar todo un planeta sin dejar rastro? Él estaba seguro de lo que vio y por eso recibió la cinta roja de la Legión de Honor. Entonces, ¿por qué ese objeto no obedecía a las leyes de la astronáutica formuladas por Kepler bastantes años antes? Pues, sencillamente, porque lo más seguro es que no se tratara de un planeta ni de ningún otro objeto astronómico. Para colmo, el propio Lescarbault cayó en desgracia cuando en 1891 anunció haber descubierto un nuevo astro, de gran tamaño y muy brillante. Luego se supo que en realidad había redescubierto el planeta Saturno.  Los astrónomos volvieron a insinuar que lo que llegó a ver en 1859 fue una mancha solar.

La luna negra y la anti-Tierra

Las teorías y especulaciones se dispararon. Desde la antigüedad se ha hablado de planetas inexistentes que estarían en nuestro Sistema Solar, pero en órbitas excéntricas o bien al otro lado del Sol. Proserpina, Marduk, Arqa, Antechton… y tantos otros son nombres que resuenan a mito, fantasía y delirio. ¿Todos corresponden a una leyenda o quizá su mención obedecía a conocimientos cosmológicos trasmitidos por los dioses civilizadores, como ocurría con la tribu dogón, asentados actualmente en Mali?

Planetas, satélites, mundos habitados en los confines del Universo que mandaban sus sondas o naves parta investigar la Tierra y a sus habitantes, esta sería la filosofía que albergaban estas arriesgadas hipótesis. Se habló de un Sol Negro ubicado en la parte no visible de nuestro astro rey (algo dijo el contactado italiano Eugenio Siragusa de que el Sol es un astro frío) y se habló de un planeta igual a la Tierra, igualmente al otro lado de nuestro Sol donde habría una raza similar a la nuestra, pero de polaridad invertida, un “mundo al margen” de donde procederían los escurridizos ovnis, el mejor lugar del universo para ocultarse.

A propósito del planeta que los griegos conocían con el nombre de Antechton, no es nueva la idea de que era una especie de doble de la Tierra. Hipótesis a la que se suscribió el ingeniero rumano Gheorghe Dumitrescu en los años setenta, quien afirmaba haber descubierto matemáticamente el décimo planeta o “anti-Tierra” que queda oculto por el Sol.  A principios de los años noventa se vuelve al ataque con ese mismo tema,  nada menos que en el Scientific American, donde el astrónomo Dereck de Solla Price (famoso por estudiar la máquina de Antikitera) afirmaba que habría que examinar de nuevo algunas teorías relativas al planeta Antechton que se menciona en las viejas leyendas griegas, y que realmente sería una anti-Tierra, un misterioso planeta hermano del nuestro, pero desplazándose en sentido inverso, ocultándose con el Sol.

Edgar Wallace tomó la idea de un planeta ubicado del otro lado del sol. Escribió Planetoide 127 que se refiere a un planeta que es el doble exacto de la Tierra y que se mueve en la misma órbita y al mismo tiempo, por lo que nunca puede ser visto por el hombre. Se trataría de un planeta paralelo al nuestro, pero diametralmente opuesto  invisible a la observación humana.

La terrible Némesis

Y puestos a ser ambiciosos, se ha hablado de que nuestro Sistema Solar sería binario, es decir, que tendría un astro gemelo a nuestro Sol, llamado Némesis, con una órbita tan amplia y tan excéntrica que sólo tendríamos conocimiento de su existencia cada 30 millones de años, provocando a su paso catástrofes en nuestro planeta debido a su fuerte gravedad sobre cometas y aerolitos.

Ya bien entrado el siglo XX se empezó a sospechar de algo que está orbitando y que no es de origen humano. Las mentes más imaginativas hablaron de una gigantesca plataforma espacial procedente de otro mundo, que sería la causante de esos avistamientos astronómicos que luego los astrónomos confunden con pequeños planetas o satélites.

Son varios los contactados supuestamente con inteligencias extraterrestres que han avisado de que algunas de las estrellas o planetas que vemos en el cielo no son tales sino auténticas naves espaciales de tamaño gigantesco tripuladas por entidades no humanas. Uno de ellos es el famoso contactado brasileño Trigueirinho que no tiene ningún problema en afirmar que Venus sería una de esas naves o la que él denomina la Luna Negra, un satélite hasta ahora no descubierto que, supuestamente, recorría una órbita irregular entre nuestro satélite y Venus. Según el contactado, este cuerpo sería conocido por algunos astrónomos aunque su existencia es mantenida en secreto ya que la Luna Negra estaría habitada por millones de seres que habrían dejado allí sus cuerpos y sus espíritus para invadir y poseer cuerpos humanos de nuestro planeta. Y luego los guionistas de Hollywood se devanan los sesos buscando argumentos originales.

Neith, la luna fantasma de Venus

Es sabido que ni Mercurio ni Venus tienen satélite alguno, pero eso no ha impedido que algunos astrónomos hayan observado en alguna época concreta un cuerpo celeste orbitando alrededor de Venus a modo de pequeño satélite jugando al escondite con los observatorios astronómicos.

Cuando empieza a oír hablar de este supuesto satélite de Venus es en el amanecer del 25 de enero de 1672, siendo el primero en observarlo el famoso astrónomo Cassini (el mismo que había descubierto la gran mancha de Júpiter). Lo estuvo viendo durante diez largos minutos. Era un objeto inaudito para él, pues esta zona celeste esta más que observada desde hacía años por otros astrónomos y nadie había anotado lo que él estaba viendo en ese momento. No quiso precipitarse en dar la noticia a sus colegas. Estaba viendo algo que no debería estar allí porque si lo hubiera estado, otros antes que él lo hubieran observado.

Pasan los años y se alegra de no haber lanzado al vuelo el supuesto descubrimiento de un satélite de Venus, pero a las 4,15 de la madrugada del día 18 de agosto de 1688  lo volvió a ver durante quince minutos. No había dudas, algo giraba alrededor de Venus y entonces sí se decide a contarlo. Según sus datos, el satélite era bastante grande, sería ¼ parte del tamaño de Venus y estaba situado a una distancia de 3/5 del diámetro del planeta. Se murió sin poder confirmar su hallazgo.

El 23 de octubre de 1740 el inglés James Short descubrió a través de su telescopio “un cuerpo” a una distancia que no corresponde a al objeto que vio Cassini. Short lo examinó durante una hora y lo ve a una distancia de 1/3 del diámetro del planeta venusino.

Pasan los años y nada, ni rastro, hasta que el 20 de mayo de 1759 Andreas Mayer, de Greifswald, Alemania, lo vuelve a ver durante media hora. Empiezan a surgir sospechas que no se trata del mismo cuerpo astronómico de años pasados y que no es ningún satélite, pues su observación tendría que ser más controlada y obedeciendo a los parámetros orbitales. Dos años más tarde, Jacques Montaigne, miembro de la “Sociedad Limoges”, le volvió a ver durante los días 3, 4, 7 y 11 del mes de marzo de 1761. Ese fue un año fructífero en cuanto a observaciones, pues también lo vio, un mes antes, el astrónomo Joseph-Louis Lagrange, de Marsella (que llegó a ser director de la Academia Berlinesa de Ciencias), y más tarde el francés Montbarron, de Auxerre y el danés Roedkioer. Los trabajos de estos astrónomos fueron recopilados, divulgados y reconocidos.

Ya eran muchas las observaciones de este extraño objeto en las cercanías de Venus como para que pasara desapercibido y es entonces cuando Federico II el Grande, rey de Prusia, propuso que se llamara a este nuevo astro “D’Alambert”, en honor del sabio y enciclopedista francés. Un bautismo a un planeta fantasma que volvió a desaparecer de los cielos. La comunidad científica ya estaba un tanto mosqueada con tanta aparición y desaparición. El 3 de enero de 1768 Chistian Horrebow lo volvió a ver y estudiar desde su observatorio de Copenhague. Ya se estaba frotando las manos cuando una vez más hizo mutis por el foro y esta vez su ausencia duró más tiempo que las anteriores, nada menos que un siglo. Fue lo peor porque la euforia se había desatado y prácticamente tenía el reconocimiento oficial de satélite venusino. Es como si el objeto se carcajease de los astrónomos. Hasta 1886, no se vuelve a tener noticias de él.      Era un mito cuando, en esta ocasión, lo ve Houzeau y tiene la oportunidad de contemplarlo siete veces seguidas. Lo rebautiza como Neith, en honor de la diosa egipcia de la Ciencia.

La última observación se produce el 13 de agosto de 1892 por Edward E. Barnard, que nunca había creído en la existencia de ese satélite. Barnard era famoso por haber descubierto la quinta luna de Júpiter y una estrella de la constelación de Ofiuco, que fue bautizada con su nombre en su honor. Por lo tanto, sabía muy bien distinguir un objeto de otro. Dio testimonio de la contemplación de un objeto de séptima magnitud cerca de Venus pero nunca dijo que fuera un satélite ¿Qué era entonces?

Lo cierto es que mientras los diferentes satélites de Júpiter o de Saturno siguen sus órbitas alrededor del planeta madre, la luna fantasma de Venus ha dejado perplejo a los astrónomos durante dos siglos. Y no se ha vuelto a tener noticias de algo que, de ser verdad lo que nos han dicho sus ocasionales observadores, no podía ser un satélite estable, pues no se comportaba como tal y sus desapariciones dejaban la duda de que no se trataba de un objeto sujeto a una órbita sino algo que más bien tenía movimiento propio, capaz de posicionarse a voluntad en ese lugar o en otros…

Más planetas

Uno tras otro, los contactados reiteran que hay tres más en el Sistema Solar, ignorados por la astronomía dogmática. El más citado de ellos es Maldek, situado milenios ha en la órbita entre Marte y Júpiter, planeta que degeneró en el actual cinturón de asteroides tras resultar autodestruido por una guerra con armas terminales. Parte de sus habitantes renacieron en la Tierra.

Vulcano es otro de los cercanos planetas supernumerarios.

Al tercero, Clarion, se refiere Truman Bethurum, quien en julio de 1952 se tropezó en Mormon Mesa (Nevada) con la diminuta y bella clarionita, Aura Raines, pasándonos acta notarial en A bordo de un platillo volante (1954) y Mensajes de los seres del planeta Clarion.

En 1956 el piel roja Chief Standing Horse fue transferido a bordo de una astronave de 5 kilómetros de longitud, en un animado tour a la luna, Marte, Venus, Clarion, Orean y Júpiter.

Hercolobus es un errante cuerpo celeste que cada equis miles de años pasa rozando a la Tierra y ocasiona toda suerte de catástrofes. A los desastres causados periódicamente por el maléfico astro intruso se refieren entre otros los contactados

  • Hercilio Maes,
  • Yosip Ibrahim,
  • Darío Triana Lorenzo,
  • Dino Kraspedon,
  • Saidi Ahuerma,
  • el guatemalteco Arturo Abril
  • Vladimir Burdman Schwarz de Venezuela

Los huéspedes transdimensionales aseveran con rara unanimidad que el Sol no es un objeto sideral a elevadísima temperatura, sino un planeta más -aunque de privilegiado rango- con óptimas condiciones de habitabilidad, resembrado con criaturas altamente evolucionadas. La intensa vibración crística emanada del Logos solar y su población arcangélica, se transmuta en luz y calor al incidir en las atmósferas de su familia planetaria.

En 1933 Phoebe Marie Holmes dejó constancia de su gira al astro-rey en Mi visita al sol, que se lee como una ágil novela de suspense.
Del Logos estelar, en su sorprendente calidad de astro frío, hablan también,

  • Helen J. Hoag
  • Aladino Felix,
  • Michael Barton X,
  • Leónidas Rodríguez S.,
  • el mexicano Armando Zubaran Remírez,
  • E. Blanche Pritchett (Japhalein, nave-madre de esta galaxia),
  • Barbara Hand Clow
  • Pauline Sharpe (Nada-Yolanda), afincada en Miami y a cuya pluma debemos Visitantes de otros planetas (334 páginas) y otros 64 títulos.

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